Cuando la vida aprieta
No me digas que la vida
-esa cruel y despiadada bruja-
te ha tirado del pelo
y se ha quedado en la mano con lo mejor de tu sonrisa.
No me digas
que esa hiena envidiosa y sin entrañas,
te ha destrozado el pecho
y ha puesto un moratón cárdeno y hosco
-ojeras de tristeza- en tu mirada.
No me lo digas, porque ahora mismo
voy y le suelto cuatro frescas,
que hielen la sonrisa a todas sus primaveras;
y le cruzo la cara con la furia
de todos los aludes, huracanes y rayos que halle a mano.
Porque ahora mismo voy
y le arranco sus galas.
Albas, atardeceres, noches serenas, tenues
transparencias de niebla: las tiro a la basura.
Mira que soy capaz
de arrastrarla desnuda por todos los caminos,
de desollarla viva en cada árbol o bosque.
Y si es que a tí te expulsa de su casa,
en la que hemos vivido tantos años
(aunque tan corto tiempo) realquilados,
apagaré las luces y yo me iré contigo.
Me iré, dando un portazo
que rompa las vidrieras de la noche
y haga callar la música extremada de las esferas.
Porque sólo tú,
mi indefensa, mi frágil,
mi dulce maltratada-por-la-vida,
sólo tú eres mi vida,
mi única vida,
VIDA MÍA


